Una
infame cantidad de ideas llenaban súbitamente su mente en ese
momento. La joven sentada frente a la mesa de café no paraba de
sonreír.
Era
bella, de una hermosura clásica, su piel era blanca y cremosa, su
cabello castaño y sus ojos, enormes y marrones como las avellanas,
pero en ese momento aquella hermosura era remplazada por algo mucho
más ruin y cruel. Los ojos dilatados y la sonrisa de oreja a oreja,
fría como el témpano, no abandonaban su expresión.
Se
puso de pié y salió del apartamento, hacia la noche fría de
febrero, no tardó más de una hora en volver, sin embargo, algo
había cambiado, su expresión denotaba una serenidad, sólo
comparable con la de los santos y las vírgenes, más lo que había
dejado fuera de las paredes de ese edificio no se comparaba con la
paz que reinaba en sus ojos.
En
una habitación no muy lejos de ahí, dos cuerpo mutilados esperaban
a ser encontrados, la carnicería que ahí se había efectuado no
había dejado ganas para desear más e incluso el mayor de los
temerarios daría un paso atrás ante semejante espectáculo.
El
hombre había sido desmembrado por completo, desde las articulaciones
de los brazos y piernas, hasta las articulaciones de cada dedo,
colocados con exquisito cuidado, dando la forma del Hombre de
Vitruvio de Da Vinci, la mujer, por otro lado, había sido lanzada
hacia el vacío desde el octavo piso -lugar donde se encontraban-
desnuda y con el rostro desfigurado, tan sólo los orificios del
cráneo se divisaban entre la carne maltrecha y colgante del rostro.
La
joven vuelve a sentarse frente a la mesa de café, manchando los
muebles y el suelo a su paso, una risa histérica termina por salir
de su boca, en pocas horas la función terminará.
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