La nota todavía estaba húmeda, conservaba el olor del
roído cigarrillo y el perfume floral que hacían de sus manos la
cuna del pesar. Una gota gruesa de tinta intentaba secarse debajo de
su nombre.
El
cuerpo que la sostenía convulsionaba bajo los efectos de la copa de
legía que había ingerido, poco a poco sus labios se tornaban cada
vez más cenicientos y la luz se alejaba pausadamente de su mirada.
Lograste
entornar los ojos y me viste. En ese momento cambiaste de opinión,
no querías morir. No encontrarías nada más allá de la muerte.
Estaba
de pie frente a ti. No, no saqué el teléfono que se encontraba en
mi bolsillo derecho, sí, no llamé a nadie, ni al vecino, ni a la
ambulancia que se escuchaba a dos calles de distancia, me di la
vuelta y te dejé ahí.
(El inicio pertenece a Aby Magrini)
Taller de expresión literaria I.
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